martes, 22 de marzo de 2011

El ejemplo nipón
















Sin levantar la cabeza tras el devastador terremoto y el trágico tsunami, mientras contiene el aliento, la sociedad nipona se muestra ante las cámaras, serena, respetuosa con el prójimo, obediente y solidaria. No hay imágenes de saqueos para las primeras planas; ni gritos desesperados, ni protestas por lo ocurrido. Intentan mantener la normalidad y cumplen órdenes, ante la advertencia de que el yodo de las farmacias se ha agotado. Las lágrimas del director de la Tepco parecen pedir perdón al mundo entero.

La radioactividad alcanza a más alimentos. Los 300 kamikazes que trabajan a contra reloj han logrado avances. Tienen el deber de recuperar los reactores, convertidos en humeantes estructuras mortíferas. Al igual que los pilotos kamikazes que sacrificaron sus vidas por el emperador al grito de “10.000 años de vida al emperador”, los operarios de Fukushima están dispuestos a morir por su pueblo. O al menos, a perderse unos cuantos años de sus vidas. Según expertos, cada uno de ellos absorbe más radioactividad en una hora, que la que puede recibir un técnico de una centrar nuclear a lo largo de toda su vida. Estos héroes se están matando ante los ojos del mundo entero que, perplejo, se le hace ajeno el sentido del deber, y desconocido, el sentimiento de orgullo de los voluntarios japoneses que se prestan a ofrecer sus servicios, a sabiendas de que, en el mejor de los casos, lo que entra por cada poro de su piel le puede amputar su calidad de vida para el resto de sus días.
Para ellos, primero está el NOSOTROS. El YO viene luego. Eso marca una leve diferencia con respecto a los occidentales. El bien común frente al individual, es un principio ético y moral cuya virtud no se le escapa a nadie en teoría. En la práctica, me pregunto, ¿qué hubiéramos hecho nosotros?. Un testimonio de un estudiante que ha tenido la suerte de volver a nuestra tierra, también la suya, declaraba que “en un caso así, Euskadi se hubiera quedado vacía”. Puede que a priori seamos mucho más vulnerables a la hora de percibir el sentido del deber como lo hacen los japoneses. La disciplina y la confianza que han mostrado en su gobierno, en los “samuráis” de Fukushima y en los protocolos de actuación se nos antojan superiores. Pero no podemos obviar el factor de lejanía. Si cada uno de nosotros tuviera a nuestra familia en una radio de 50 km de una central nuclear que vomita columnas de humo a capricho, si hiciera falta, casi todos nos tiraríamos sin dudar a una piscina de combustible. Claro, no sé qué estrategia de resolución de conflictos utilizarían nuestros expertos en caso de tener que elegir a unos pocos para tal misión.
Y si los japoneses tienen motivos para alardear de su sentido del deber, que supera incluso el valor de la vida humana, quien mejor representa el YO en estos momentos, es el sátrapa Gadafi. Mientras unos se matan por salvar su pueblo, otros prefieren morir matando a su pueblo. La opción es clara: nosotros o yo. Que no se nos ponga a prueba.

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