martes, 21 de septiembre de 2010

Hay goles que unen

(Estracto del discurso ofrecido en el marco de los Cursos de Verano de EHU/UPV)

Ahora que acabamos de estrenar la nueva camiseta de la Real y mi partido está peleando en Madrid para que Euskadi cuente con una selección vasca de fútbol, digo que Sara Carbonero e Iker Casillas han hecho este año, sin querer, mucho más por mantener el orden constitucional español que el gabinete de Zapatero con toda su maquinaria. Es lo que me ha venido a la cabeza después de la celebración de la Diada en Catalunya el pasado fin de semana. Y me pregunto: ¿tan complicado es dar curso jurídico-legal a nuestro sentimiento deportivo? Ahí tenemos a los escoceses y a los galeses. ¿Y por ello se le cae la corona a la reina de Inglaterra? Igual, el problema es que si aflora la verde, también lo puede hacer la catalana o en su caso, la gallega. Y es entonces cuando se resquebraja la española. ¿O no? Los goles unen al pueblo. La identidad adopta forma en el campo de fútbol. Zapatero lo sabe. Por eso, será una conquista difícil pero antes o después estoy convencido de que la verde jugará los mundiales de futbol. ¡Sin duda! Pero es que, si uno no reconoce lo suyo, está perdido. Uno de los peligros de hoy en día es que el presente, un presente que nos invita a buscar un placer continuo e inminente, nos haga perder el sentido de la historia, el sentido de lo que somos. Es cierto que el pasado está quieto, que los muertos no hablan. Pero también nos ofrece un terreno abonado para que las generaciones presentes y futuras desarrollen la conciencia de una identidad propia que va más allá del sentimiento de pertenencia a  un mero espacio territorial. Es mucho más. Hablo de pertenecer a una colectividad, a un pueblo, a un país. Porque fuimos, somos y queremos seguir siendo un pueblo. Por historia y por voluntad. Si el siglo XX ha sido el siglo de los estados, el XXI será el siglo de las naciones. Aunque tampoco habremos inventado nada. Humboldt, para quien la verdadera patria es el idioma, vio en nosotros un pueblo con un hecho diferencial claro, vio una nación. Era el año 1801. Antes, Landázuri había hablado de “país vascongado”. O previamente Aita Larramendi, que acuñó el concepto de República de las Provincias Unidas del Pirineo uniendo los siete territorios vascos. Tenemos un modo de ser propio, pero abierto al mundo. Respetamos y pedimos respeto. La historia nos avala. La voluntad nos revela. Ya Cánovas de Castillo, y tras la abolición de los fueros, compensó al pueblo vasco con el concierto económico. Supuso un reconocimiento implícito de la personalidad del pueblo vasco. Son de sobra conocidos los episodios posteriores sobre la lucha por la reintegración foral, los Estatutos de Estella, Gernika o el Nuevo Estatuto Político cortado de cuajo en las Cortes Generales. Son todos intentos de preservar nuestra identidad. El sentimiento identitario es como querer a tu madre o a tu padre. Un derecho individual de ejercicio colectivo. Se nos reconoce como tal, porque contamos con elementos identitarios, el principal, el euskera. No hay Euskadi sin euskera. Somos vascos. Sólo vascos. Ni mejores ni peores que otros. Y no caigamos en la trampa del Lehendakari Patxi López cuando habla de 2,5 millones de identidades. Cuando el Euskobarómetro pregunta por sentimientos de pertenencia no relaciona 2,5 millones de posibilidades. Relaciona dos, combinadas o no. Hay que respetar ese sentimiento. Y el respeto significa en la Euskadi del siglo XXI crear un nuevo modelo de convivencia basado en un nuevo pacto donde además de respetarse todas las expresiones de ser vasco, éstas se den en pie de igualdad dentro de un sistema plural, abierto y lo suficientemente flexible para desarrollar con absoluta libertad nuestro sentimiento identitario. Y a su vez, hay que buscar un acuerdo de mínimos comunes que permita un desarrollo económico, social y cultural puntero a nivel mundial. Porque sencillamente queremos seguir siendo lo que somos. Vascos y europeos. El nacionalismo vasco ya estaba en Europa cuando otros estaban preparando los fusiles para abrir la etapa más negra de la reciente historia de este país cerrando el paso a Europa durante 40 largos años.  Lo seguirá estando. Yo quiero una Euskadi libre. Es por ello, por lo que tenemos que avanzar para acordar un nuevo modelo de convivencia entre identidades. Hablo del sentimiento identitario, no del sentimiento ciudadano. No es un estado emocional sino administrativo el que compartimos los ciudadanos de la CAV. Yo me siento hijo de mis padres, pero por sentimiento, no porque lo diga el Libro de Familia. Ya veremos luego cuál ha de ser el marco jurídico-político que lo sostenga. Porque hablar de identidad vasca, además del aurresku, la txalaparta y la txapela, es también hablar de universidades, centros tecnológicos, biociencias, surf, ciclismo o cambio climático. Identidad no es exclusión, como modernidad tampoco es homogeneización. Abogo por la identidad vasca y la ciudadanía europea. Tenemos que estar abiertos al mundo pero con los pies en la tierra vasca. Con un claro sentido de pertenencia, responsabilidad y compromiso con el avance colectivo. Ésta es mi forma de entender el nacionalismo. Mi nacionalismo ni es excluyente, ni es racial, ni es clasista ni es antiespañol. Mi nacionalismo, nuestro nacionalismo, defiende el progreso, la pluralidad, la participación, la comunicación, la autenticidad y la libertad de elección. Seguimos con la mano tendida y este otoño puede ser una buena oportunidad. ¿Para qué? Para hacer de Euskadi una nación competitiva, solidaria y cohesionada con un estilo propio de hacer país, un estilo vasco, y desde una acción pública excelente en su gestión. En definitiva, MÁS Euskadi, con MÁS en Europa.

 Asier Aranbarri Urzelai

Alcalde de Azkoitia y Portavoz del EAJ-PNV en las JJGG de Gipuzkoa

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