Hay sensaciones o estados que dejan un recuerdo tan real que el tiempo es incapaz de borrar. Tras una difícil despedida, iba en el autobús intentando no llorar cuando me di cuenta de que el ritmo de la gente no variaba aunque dentro de mí estallara una tormenta. Podía estar con un pie en un precipicio, que los que me rodeaban iban a lo suyo con la mirada casi perdida. Los edificios no se derrumbaron, ni murieron los peces del río aunque a mí me hubiera gustado que la naturaleza se solidarizara conmigo y parara el mundo en señal de duelo. Pero no. Todos corrían a mi alrededor. En lugar de mirar por la ventana del bus, ayer mis ojos se dirigieron a la calle desde el balcón de casa. La escena era habitual. El alto el fuego no había cambiado el paisaje. Los rostros de la gente no anunciaban nada nuevo. Los transeúntes bastante tenían con lo que tenían. Un nuevo paron de ETA, en otro tiempo, hubiera sido como para sacar a las calles de Euskadi todas las charangas habidas y por haber. Pero tanto dolor ha hecho que nos convirtamos en sordos y ciegos. Vamos a lo nuestro, aunque verlos en la pantalla con sus capuchas nos provoquen sudores fríos. Efectivamente, su presencia está ahí. Son los periodistas los que se encargan de darle bombo y platillo. No es para menos. Pero el tiempo, aunque nubla el pasado, no lo borra del todo. Al final, lo importante es que ETA ha anunciado un alto el fuego, aunque sigue siendo como el Gran Hermano, sigue vigilante. Hasta que entregue su cubertería, no se oirán las charangas. La gente irá a lo suyo. Menos aquellos que llevan dentro una tormenta porque ETA interrumpió un día su viaje en bus. Desde aquel día el autobús en el que montan sólo tiene dos paradas: unos paran en el cementerio. Otros, en la cárcel. Los primeros hablan a los ausentes. Los segundos charlan con los que están entre rejas. Eh ahí la diferencia entre un monólogo y una conversación. El día en el que ETA diga adiós definitivamente sus párpados descansarán. Hoy, sus lágrimas siguen siendo saladas.
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