Guztion begietara mundua txikitzen doan heinean, herritarrek herriko festekiko duten lotura ere aldatzen doa. Gaur egun, esku-eskura geratzen zaizkigu milaka lagun erakartzen dituzten kontzertu erraldoiak, era guztietako ikuskizunak edota aurpegi ezberdinetako festak. Baina herrikoek, herriko izaten jarraitzen dute. Hala ere, ez dakit garai bateko erromeriek adinako zirrara sortzen duten gaurko jaiek. Askori entzun izan diet nola joaten ziren auzoetara igande arratsaldetan, txirrinduz, dantza saioa egitera. Gaur, ordea, taberna zuloetan dago dagoena. Kontua gozatzea da, horretarakoxe baitira festak. Gu saiatu, saitu gara egitarau erakargarri bat borobiltzen eta lortu dugulakoan nago. Haur, gazte eta helduekin pentsatu dugu, inork aitzakiarik ipini ez dezan kalera irteteko, herriko festek azkoitiar guztion topagune izan behar baitute, elkarbizitzaren eredu. Azkoitiarrok, lanean eta bizitzan ahalegintzen garen bezala, jaietan ere ondo pasatzen dakigula erakutsi behar dugu. Herriak eta herritarrok merezi duzue-eta.
miércoles, 28 de julio de 2010
miércoles, 21 de julio de 2010
Udako ikastaroak
domingo, 18 de julio de 2010
Compartir el delantal y la mopa, ¿tarea imposible?
ASIER ARANBARRI. Portavoz de EAJ/PNV en Juntas Generales
Hubo un tiempo en el que el marido se dedicaba a producir y la mujer a reproducir. Tiempos en los que en las cocinas nunca faltaba a quien acunar. Llegaba la hora de cambiar los azulejos y la cuna seguía allá. Y la madre. Parto tras parto. Cocinando y limpiando. Acunando y cuidando de todos. El jornal era cosa de hombres. La cartera también. Cuando la planificación familiar empezó a ser posible, las cuentas corrientes de muchas familias empezaron a engrosarse ligeramente. La mujer llevaba a casa una “ayudita”. De cara al mercado laboral, seguía siendo ciudadana de segunda. Por aquel entonces, todavía hombres y mujeres se santiguaban en el portal. Hasta que llegó la verdadera revolución. La mujer dejó de bordar sábanas y decidió retrasar la maternidad para dar el gran salto al mercado laboral. Se enfundó el buzo y el traje de chaqueta. Pero se le olvidó quitarse el delantal y pasárselo al marido. Compartir con ellas por igual el delantal y la mopa es el gran reto del hombre del siglo XXI. “No es que mi marido no pase la fregona, pero es que ¡tengo que decírselo!, ¡como si no tuviera ojos, tú!”; “¿Por qué me echa en cara que no hay naranjas en el frutero si no las hay ni para él ni para mí?”, se quejan. Y con razón. Tarea agotadora la de gestionar un hogar. Puede que por eso, los hombres prefiramos o hemos preferido hasta que hemos podido, pasar horas muertas en nuestros puestos de trabajo con una retahíla de excusas a preparar biberones o a aguantar los berrinches de nuestros pequeños futuros herederos. Alargamos lo que sea para llegar a casa con cara de besugo ahogado y encontrarnos con nuestros angelitos dormidos en sus sacos de Spider Man o Hello Kitty. Eso, o convertir la televisión en canguro de niños. Pero la conciencia es como la humedad de estos días de calor en los que al mínimo roce, el cuerpo se te queda pegado a cualquier cosa. No te puedes desprender de la conciencia a tu antojo. Es cuando te dispones a calzarte las zapatillas de casa cuando te entran ganas de llorar. Vuelves a la habitación preguntándoles si están dormidos. Están sopa. Sí, es el mundo al revés. Te reúnes con tus superiores cuando tienes que recoger a tus hijos de la guardería, vas a llenar el carro cuando los tienes que bañar y abres la puerta de casa cuando ya es tarde hasta para enfadarte con tu parienta. “¿Cuándo piensas dejar de vivir para trabajar?”, te preguntas.
Los horarios con los que funcionamos son tan incoherentes respecto a la conciliación familiar y laboral como ver a un panadero sindicalista con panes recién horneados bajo el brazo un día de huelga. Y hablando de huelga, si los aittittes y amamas que cuidan de sus nietos convocaran una huelga o pidieran una tregua, el país entero se paralizaría de inmediato. Al igual que si lo hicieran todas aquellas personas que cuidan de sus familiares mayores dependientes. Si la vida es un chasquido, del balanceo de la cuna a una cama de residencia hay menos de un parpadeo. La gran mayoría tenemos en nuestras familias a personas dependientes, sean menores o mayores. Su cuidado nos afecta a todos. Queremos calidad de vida para todas ellas. Si nos cuesta separarnos de nuestros retoños para dejarlos al cuidado de terceras personas, más nos tendría que costar sacar a nuestros aitonas y amonas de su hogar de toda la vida para ingresarlos en algún centro, como si ya no les quedará nada más que hacer que oír el canto de los pájaros. Tenemos guarderías y centros de día, servicio de asistencia domiciliaria, udalekus o plazas de residencia para los meses de verano, etc. Pero conciliar, hoy por hoy para muchos, es como meterte al agua y no mojarte. Hoy nadie duda de que la presencia de la mujer en el mundo laboral ayuda sobremanera a enriquecer nuestro capital humano. Hemos avanzado. En las entrevistas de trabajo, ya nadie se atreve a rechazar una candidata por estar embarazada (o eso quiero pensar), algo que ocurría no hace mucho. Sin embargo, siguen siendo las mujeres las que se acogen a excedencias o reducciones de jornada. Las que se ven obligadas a optar por un puesto de trabajo por su horario y no por su nivel de cualificación. Ellas siguen teniendo que sacrificar su carrera profesional mientras instituciones, patronal, sindicatos, comerciantes y demás agentes socio-económicos dejamos que pase el tiempo sin que seamos capaces de agarrar al toro por los cuernos. Las empresas y las instituciones públicas están condenadas a adoptar una actitud familiarmente responsable, no sólo por la calidad de vida de sus trabajadores, sino por ganar en rentabilidad y competitividad. Todos tenemos que abogar por racionalizar los horarios si queremos que esta sociedad reme en buena dirección. Porque hay otra cosa en juego: los valores. Es en casa donde los niños tienen que aprender, entre otras cosas, lo que es el esfuerzo, el respeto y la tolerancia. Y para ello, hace falta invertir tiempo.
Asociaciones como Hirukide, entre otras muchas reivindicaciones, creen que hay que aplicar la discriminación positiva del hombre a la hora de dar subvenciones, para que cada vez sean más ellos quienes soliciten una excedencia para cuidar de los suyos. Puede ser una fórmula para llegar a una igualdad en los porcentajes. Pero el éxito radica en que ninguno de los cónyuges tenga que dejar de trabajar. ¿Cómo? Con flexibilidad de horarios, trabajo a domicilio, videoconferencia para reuniones, desayunos de trabajo y no comidas, jornada intensiva en verano, etc. No hablo de igualdad, sino de innovación. Tampoco hablo de gasto, sino de inversión. No hay día en que no oiga o lea la palabra “conciliación”. La sociedad la está pidiendo a gritos. Por ello, desde las Juntas Generales, y por iniciativa del PNV, solicitamos a la Diputación que, en el marco de Gipuzkoa Aurrera, estudie una batería de medidas para poder pasar de las palabras a los hechos, y para ello, acabamos de crear una ponencia. Porque una cosa es saber lo que queremos y otra ver qué grado de viabilidad tiene. En ese sentido, las instituciones deberían premiar a las empresas familiarmente comprometidas con incentivos fiscales. Podría ser una medida eficaz. Pero para que los padres o los hijos –según se mire- puedan seguir trabajando seguirán haciendo falta guarderías para menores o centros de día para mayores. Habrá que ir pensando también en nuevas fórmulas como pueden ser cooperativas de padres para crear guarderías, asistencia domiciliaria para niños, etc. La sostenibilidad de todos estos servicios pasa, a mi entender, por una colaboración público-privada, porque la visión de la administración como la gallina de los huevos de oro es errónea y está caduca. Es una cuestión en la que todos nos tenemos que implicar si queremos que la mujer sostenga ambas facetas: la de producir y la de reproducir, la cartera y la cuna.
lunes, 12 de julio de 2010
"Ponme un cafelito"
“De mayor quiero ser indigente”. Una frase jamás pronunciada. Aunque vivamos en la sociedad del mínimo esfuerzo, nadie desea tirarse sobre cartones. Un día se acomoda uno en un banco y siente que la muerte le sube por las piernas y las brumas le invaden la cabeza. Le vence el cansancio. Cierra un ojo. Luego el otro. Y acaba tumbándose. Así se empieza. Supongo yo. La mayoría nos pasamos media vida juzgando unos a otros e intentando llegar a ser algo, y la otra media, tragando Prozac y leyendo recortes de autoayuda que se nos amontonan en la mesilla. Eso, en el mejor de los casos. O en las mejores casas. Mientras una gran mayoría vivimos pegados al espejo y consumiendo productos light, hay quien vive permanentemente al lado de un precipicio, sin saber cómo matar las horas en la calle y sin tener nada con que llenar el estómago. Porque no todos partimos del mismo punto. O sí. No se sabe cuándo, uno se puede ver traspasando la línea entre llevar corbata y portátil, cambiar pañales, celebrar aniversarios de boda y dormir entre sábanas lavadas con suavizante, a ir tirando de un carro de supermercado cargado de cartones y bolsas de plástico; a buscar entre la basura, y a ver pasar la vida bajo algún pórtico dentro de un cuerpo que apenas cambia de postura horizontal a vertical. Gente de la calle. Gente invisible. Gente no muy alejada de un estereotipo del que todos queremos huir. Gente como tú y como yo que acaba entrando y pidiendo un cafelito en Aterpe. Justo hace unos días visitamos a Itziar y Pottoko, las almas máter, y su gente, en ese albergue que Cáritas tiene en Donostia. Entré, bajando las escaleras de un local de la calle Pedro Egaña 7, sabiendo que iba a subirlas al rato. Hay quien entra y no puede salir porque no tiene llaves de casa. No hay casa, no hay llave. Y hay quien entra para ayudar a quien no puede salir. En Aterpe, atienden al día a unas 80 personas. El día que estuve comieron más de 40 usuarios. A lo largo del año, hacen varias campañas en diferentes colegios donostiarras y son los centros los que donan el género para el primer plato. La cocina es cosa de los voluntarios que les toca enfundarse el delantal y el gorro de cocinero ese día. De postre, nos sirvieron pasteles. Dulces como los abrazos. Precisamente, la mayoría de los usuarios de Aterpe son personas que no han podido mantener su red familiar y social. Los abrazos se convierten en cosa del pasado. El presente es de los recuerdos, casi siempre amargos. No existen cuentas en Facebook, ni mensajes por el móvil, ni tarjetas de crédito, ni carné del polideportivo. Dependiendo del deterioro, el objetivo de los educadores de Aterpe puede ser volver a integrarles en su tejido social, trabajar su promoción personal o, en el caso de que sea crónico, intentar reducir daños. Son los protagonistas de un fracaso social. Víctimas de su propia incapacidad para afrontar problemas. En Aterpe, se les acompaña en todo su proceso personal empujándoles para que se levanten y no vuelvan a hundirse. Sin mimos. Sin dejar margen a las debilidades y a la dejadez. Por eso, ni siquiera tienen camas. Tienen simplemente unas hamacas para que huyan del frío nocturno. No pueden permitirse el lujo de darles la oportunidad de apalancarse y acomodarse de por vida. Pero, Aterpe es, ante todo, un imperio del voluntariado donde amasan cada día montañas de solidaridad. Un mastodonte que se mueve, firme y seguro, por la labor de los más de 150 voluntarios no sólo de Donostia, sino de toda Gipuzkoa. Los que empiezan, dicen, acaban enganchados. No se arrepienten. Algunos van una vez por semana, otros una vez al mes a dormir. Son los héroes del siglo XXI. Aunque, hoy por hoy, si no sales en la tele, no existes. Y yo me pregunto ¿a quién le apetece dormir al lado de un indigente?, ¿a alguien que está esperando pasar la vida y se le va el día contando que ha dado el paseo matutino, leído el periódico y cosido el bajo del pantalón?; ¿a un estudiante que está deseando que llegue el sábado para irse de potes?; ¿a un jubilado preocupado por la falta de calcio de sus huesos?; ¿a una ama de casa caritativa ?... Pues, no sé cuál es el perfil de esta gente ni con qué don ha nacido, pero gente buena, la hay. Y se ve en Aterpe. A unos los mueve la fe. A otros, ver la pobreza en estado puro. Sienten que, si no hacen nada, algo les come las entrañas, al igual que hacen las carcomas con la madera. Y hay quien se acerca por su altísimo grado de compromiso social. Dentro de las paredes de Aterpe, nadie se atreve a decir que vivimos en una sociedad sin valores. Si todos los hombres somos iguales, está claro que algunos se perfeccionan. Aterpe es el escenario de un ejercicio diario de ética y humanidad. Ver a los voluntarios trabajar te hace bajar del burro de inmediato. Sudas y te sonrojas. Callas. Metes las manos en los bolsillos. Preguntas en voz baja. Es una burbuja en la que el mero visitante asiste casi atónito a una realidad que nos empeñamos en soterrar, bajo el bullicio de la ciudad, el parpadeo de los semáforos, los bocinazos y los taconazos. No miramos a otro lado porque estemos llenos de complejos y prejuicios, sino por simple desinterés. “La sociedad no es nada acogedora”, me dice Pottoko. Algunos creen que estamos en el inicio de la decadencia de la sociedad del bienestar y auguran una vuelta –de la gran masa, no de una minoría- a los valores tradicionales antes de que todo se desinfle. Una sociedad sin valores es como un discurso con estilo pero sin contenido. Concienciarnos y aprender a meternos en la piel ajena es labor de todos. Pero como político y como alcalde, tampoco puedo lavarme las manos. Los Ayuntamientos tienen una gran responsabilidad a la hora de actuar ante las personas sin hogar. Los técnicos han de saber que Aterpe es el último recurso, un refugio en el que una vez dentro, es muy difícil salir. Desde las instituciones tenemos que intentar tender una mano antes, agilizar procesos sin esperar a que el “enfermo social” como los llama Pottoko, acabe en un cadáver social, porque “una cosa es derivar a la gente a Aterpe y otra, mandar a la deriva”. A todos vosotros, usuarios, educadores y voluntarios, un abrazo solidario.
martes, 6 de julio de 2010
A quien mete la pata, se le perdona. A quien mete la mano, se le corta
ASIER ARANBARRI. Portavoz de EAJ-PNV en Juntas Generales
“Aunque sea atrevido por mi parte, esta vez me lleva a teclear la imperiosa necesidad de hablar de los políticos.
Hay una leve tendencia social a meter a todos en el mismo saco. Y nunca es en el de las manzanas sabrosas. Tampoco es de extrañar viendo los últimos casos ligados a la corrupción política. Para muchos, sobre todo para los que no han llegado a la treintena, las siglas dicen menos que un código de barras. Los políticos son gente pegada al poder con cemento, y la gestión política un paseo entre cóctel y cóctel. Da igual lo que digan o digamos. Suena menos que las instrucciones de una azafata antes del despegue. Como si gestionar el dinero público fuera poner en reventa entradas para la Real. “Es que han perdido toda credibilidad”, “son todos unos chorizos”, “van a lo que van”, “¡con todo lo que cobran!”, “vaya mamoneo que se llevan…”, “por interés te quiero Andrés…” Hay una retahíla de frases hechas dedicadas a nosotros que supera con creces el volumen de todas las publicaciones sobre autoestima. Y en cuanto más pequeño se hace el mundo para ti y los tuyos, más duelen y más hondo llegan. Siempre hay excepciones. Pero la inmensa mayoría opinamos que a quien mete la pata en política, se le puede perdonar. Pero a quien mete la mano, hay que cortársela. Y en esto hay que serlo y parecerlo. Ya que independientemente de lo que decidan los Tribunales de Justicia y a pesar de la presunción de inocencia, que lo tenemos todos, ante la mínima sospecha de actuación fraudulenta del tipo que sea hay los políticos tenemos que ser los primeros en cortar, independientemente del color político del autor de dicho presunto fraude. Tolerancia cero. Y es precisamente lo que se ha hecho en el caso Glass Costa. Acabamos de aprobar por unanimidad en las Juntas Generales las conclusiones de la comisión de investigación del caso que afecta directamente al anterior de en la que yo mismo he participado. Yo no juzgo si el anterior director de hacienda, Sr. Víctor Bravo defraudó o no defraudó, prevaricó o no prevaricó, cometió cohecho o no. Es un asunto que compete a los jueces y tribunales ante los cuales se tendrá que defender el Sr. Bravo. Lo que tengo claro es que el Sr. Bravo tenía que haber informado su superior, Antton Market, y no lo hizo. Somos mayorcitos y sabemos qué está bien y qué está mal. Ya lo hemos dicho, serlo y parecerlo. Ahora, el ex diputado de Hacienda corre el riesgo de ser recordado por el caso Glass Costa, cuando su gestión fue inmejorable. No se han conocido años mejores a nivel recaudatorio. También es justo decirlo, porque a veces, sin comerlo ni beberlo, uno puede verse pisoteado. Y las pisadas dejan huella. Huellas más visibles que la virtud de tener ganas por mejorar las cosas. Desde estas líneas un fuerte abrazo Antton. Has sido un gran ejemplo de buena persona y buena gestión. Ahí están los datos.
Si la virtud del político de querer hacer bien las cosas en beneficio del pueblo no estuviera tan distorsionada ante los ojos de muchos, no se entendería el rechazo que genera a priori el político como tal. Pero no nos queda otra, la triple T. Trabajo, trabajo y trabajo. Porque hace falta tener las ideas claras para ser fiel ante el compromiso adoptado, resistir y seguir. Porque cuatro años son 1460 noches. Pero lo haremos, siempre con tu ayuda porque este país lo merece”.
